Existía en la lejana península una Atalaya habitada por una ninfa de ojos de cristal, contaba la leyenda que el afortunado que conseguía mirar a través de ellos encontraba el norte, el sur, el este o el oeste de su camino sin pérdida, duda o titubeo alguno.
Muchos fueron los viajeros y los intentos de hallarla pero baldío fue siempre su esfuerzo, lo que ellos no sabían era que en realidad era la propia ninfa la que elegía a los privilegiados, viajeros de sangre aborigen, valientes de corazón y alma noble que vagaban sin dirección, ni rumbo.
Cuentan los más ancianos del lugar que existió un incauto viajero que un día decidió coger un barco para conocer otros mundos, su isla a veces se le quedaba tan pequeña como sus anhelos. Nunca hubiera podido imaginar que aquel viaje cambiaría su camino para siempre…
Dicen que Ella apareció de la nada una noche ventosa de primavera, los almendros se desperezaban del largo invierno y empezaban a perfumar suavemente el aire de aquel parque donde se encontraron por primera vez, sus almas enmudecieron y él cuando la miró, lo vio en sus ojos; Ella era su camino, su rosa de los vientos, a partir de ese momento daría igual qué dirección o rumbo tomase porque todo lo conduciría hacia el mismo lugar.
La ninfa desapareció de su mirada tan rápido como llegó, los días fueron transcurriendo lentamente, los minutos bailaban la cruel danza de la espera y ella no aparecía.
Loco, así lo llamaban, sólo un loco puede comprender lo incomprensible, hacer real lo irreal y posible lo imposible. La desesperanza empezaba a hacer mella en ese corazón viajero que ansiaba encontrar su lugar. Cada noche, como el más cruel de los castigos iba al mismo parque con la esperanza de volverla a ver y con ella se deshojaba un pétalo más de su Ilusión.
Sintió ganas de llorar, ganas de gritar y de maldecir al cruel destino que le había permitido conocer la felicidad por un instante para luego arrebatársela, sintió que las piernas le desfallecían. Se sentó sobre la fresca hierba, con sus manos empezó a tocar un pequeño arbusto, una Atalaya que había a su lado y que siempre había estado allí pero que ese enemigo llamado impaciencia no le había permitido ver, sus dedos tocaron un objeto extraño, una pequeña cajita con forma de hoja.
Al abrirla encontró una pequeña brújula de cristal, con una rosa de los vientos que señalaba los puntos cardinales y una pequeña inscripción que decía:
“Ella te conducirá a mí”
Nunca más se le volvió a ver por el parque pero la leyenda termina diciendo que ese fue el día que por primera vez se vio en el cielo la estrella que guía a todos los viajeros, la estrella Polar.

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